Mi amigo Paolo Mosole acaba de enviarme un artículo escrito por el inolvidable Carlo Crosta, publicado en Diario 16 tras la muerte de Paquirri. El texto es emocionantísimo y está lleno de autenticidad y de amor por el toreo y por La Fiesta. Una lección en estos días que pasamos discutiendo por naderías sin darnos cuenta de que lo que mantiene viva La Fiesta es su gran y única verdad: Que todos los toreros, los grandes, los regulares, los malos, y hasta los imposilbles… siguen jugando cada tarde con la muerte.
PUREZA E INTEGRIDAD DE LA FIESTA
LA muerte de Francisco Rivera Pérez «Paquirri» fue quizá, el hecho más importante de toda la temporada l984. Todavía la muerte de un torero – como Ia de un piloto de Fórmula 1 o de un boxeador – provoca siempre unas interminables demostraciones. Todo el mundo quiere hacer algo. Nadie se da cuenta de la inutilidad de hacer algo. Porque cualquier cosa se traduce en un equívoco.
Vi a Paquirri por primera vez durante una de mis vacaciones en España, el dia 11 de agosto de l966. Casi no sabía lo que significaba lo de «alternativa». Por aquel entonces, en mi pais, «alternativa» se le llamaba a algo referido al cambio político. Muchas cosas ignoraba. Me creía, por ejemplo, que muchas hazañas pertenecían solamente a otros tiempos. A la historia. Como la de morir por asta de toro, mientras el hombre luchaba para llegar a la Luna. Luego llegó, ha vuelto y quiere ahora ir más lejos. Lo de morir por asta de toro sigue todavía siendo mito y realidad.
Y yo para ver a dos mitologicas figuras había acudido a la Monumental de Barcelona aquel dia. Paco Camino y Santiago Martin «El Viti» bautizaban un nuevo matador de toros. Claro que no lo conocía. En aquellos años yo estaba acercándome a los toros y no me interesaban los novilleros.
Él era joven, muy joven. Infundía un sentido de ternura. Tenía los rasgos parecidos a los que tienen, en mi país, los muchachos del sur, los que llamamos «scugnizzi». El traje de luz blanco y oro y su perpetuo tic de Ievantar los hombros para hundir en ellos la cabeza, lo hacían parecer un chavalín indefenso, fuera de sitio.
Luego, cuando lo vi torear, mi primera impresión cambió. Era agil, valeroso, siempre sonriente, poderoso y, también, un poco «chulo». Me entusiasmó.
NUNCA fue mi torero preferido. Yo fui forofo perdido y seguidor de «Antonio Ordoñez». Pero siempre me daba alegría – a menudo emoción- asistir a sus actuaciones. Más o menos diez años después lo conocí en la habitación de Antonio José Galán, en el hotel Yoldi, de Pamplona.
Comentó que él no quería nadie en la habitación cuando se vestía de luces: ni a los de su familia. Estuvimos de cachondeo, porque se había quedado de pie, esperando que Galán acabara de ducharse. Decía que no quería sentarse en ningun sitio porque «los toreros somos gente “mü” rara y tenemos manías. La cama, la silla, el sofá, hay que preguntar siempre en donde puede sentarse uno».
Y hablaron de correr el encierro y de muchas cosas más. Yo estaba con la boca abierta, mirando y escuchando aquellos dos hombres que, dentro de pocos ratos uno y el día siguiente el otro, tendrían que enfrentarse – a solas – en una gran plaza de toros. A solas con el miedo, con el valor, con sus pensamientos. A solas con ellos mismos, pero delante de un toro y a miles de personas.
Los toreros viven en un planeta diferente, duro y difícil. Los toreros desarrolan una profesión absolutamente extraordinaria: el juego del arte y de Ia posibilidad de la muerte frente a una fiera. O sea, vulgarmemte, arriesgar constantemente la cornada haciéndolo con elegancia, para que en los demás se produzca emoción.
Solo ellos saben, más que nadie, lo que quiere decir eso. Y ellos lo quieren hacer. Esta es la sencilla diferencia entre un señor cualquiera y un torero. Y eso era lo que quería hacer y hacía todos los dias Paquirri. Simplemente ser torero. Su tagíca muerte no debe ahora provocar equívocos o, peor aun, permitir especulaciones.
PAQUIRRI, pagando con su propia vida, ha conseguido los maximos trofeos que puede conseguir un matador de toros: entrar en la historia de la tauromaquia. Y esto no es demagogia, es la verdad.
Demagogia sería pretender «fabricar una nueva fiesta», en la que desaparezcan del todo los riesgos y, por consecuencia, los percances graves –hasta mortales- para los toreros. Nunca los toreros lo han querido, ni el mismo Paquirri. Por eso los toreros son toreros y no trabajan en publicidad.
Demagogia sería ahora hablar en contra de «aquellos» que siempre han luchado para conseguir «la pureza» de la fiesta. Es decir, el toro integro, de trapío, justo de peso, con piés, motor, raza, casta y bravura.
Trágica demagogía seria pensar que Corrochano, Cañabate y el mismo Antonio Bienvenida hayan deseado la muerte de alguien, por el hecho de que hablaron de la integridad de la fiesta denunciando sus fraudes. Ni Paquirri ni los demás héroes de la tauromaquia fallecidos en toda su larga historia lo han pensado. Jamás ninguno de los hombres vestidos de luces lo ha pensado.
ESTOS hombres – los toreros – son más grandes que los demás propiamente porqué están en los ruedos hasta morir en ellos. Porque respetan y cumplen con sus obligaciones·y responsabilidades frente a la fiesta, al público y sobre todo, frente a ellos mismos, hasta un punto impensable para los hombres normales.
Hacer demagogia buscando menguar los riesgos congénitos a la fiesta, significaría faltar al respeto y hollar su honor.
La grandeza de estos hombres, a los que se les llama toreros, debe ser tutelada y el que mejor puede hacerlo – aunque engendre dolor el decirlo – es el peligro. EI toro y el peligro que lleva consigo, hacen grandes y diferentes los hombres que se visten de luces.
Su profesión seguirá siendo extraordinaria, noble y unica en el mundo entero, solamente si la fiesta también seguirá llevando, en si misma, la posibilidad de que se cumpla la tragedia.
QUE nadie la quiere. Pero que es «conditio sine qua non» para su existencia. Exigir hoy la pureza y la integridad de la fiesta, significa también respetar la grandeza de Paquirri.
Respetar su muerte, que ha sido la coronación de la vida profesiónal de un diestro que –quizás sin necesitarlo- salió a dar la cara en una plaza de tercera, honrando sus obligaciones y cumpliendo con sus responsabilidades. Siendo todo un torero.
Su hazaña ha contribuido a mantener puro y honrado el oficio de todos los que se visten de luces: de oro y de plata. Demagogia sería tratar de especular sobre su tragedia. Machacar lo que ha hecho, de cualquier manera, sería parecido a machacar su cadáver. Como harían las hienas.
Yo seguiré viéndolo delante de mí. Con su cara quemada por el sol de Andalucia, rodeado de pelos y cejas negras. Con sus ojos claros y profundos y con su cicatriz en la mejilla. Como un joven oficial del imperio austro-húngaro de finales del siglo XIX.
El debate público sobre los toros siempre ha prescindido del aspecto legal. La importancia que tiene ante las iniciativas legislativas antitaurinas no se había advertido hasta ahora. Tampoco se tenía claridad sobre qué derechos nos asisten, ni cómo proteger la fiesta. Lo usual ha sido invocar el derecho a la libertad como único argumento. Aún cuando es válido en su esencia, es demasiado genérico e impreciso. La libertad no es irrestricta, se somete a los límites que señalen la ley, el orden público u otro derecho mayor. Aquí la potestad del legislador posee un amplio y peligroso campo de acción.proyecto de ley para impedir que los niños asistan a los toros, es la primera de varias acciones que serán planteadas para su abolición en el Perú. El Congreso de la República será el escenario central donde se debatirá el futuro de la fiesta, quedando a merced de las leyes y la política.
La condición de manifestación cultural que tienen las corridas de toros, será determinante para el éxito de su defensa. A partir de este reconocimiento que es objetivo e irrefutable, se ingresa al campo del derecho a la cultura o los derechos culturales, que son esencialmente derechos humanos.
Los derechos culturales, en una de sus acepciones, garantizan a las personas el acceso y la participación en las manifestaciones culturales de su elección. Están previstos en la Declaración Universal de los Derechos Humanos y en otros tratados internacionales de los que el Perú es parte, al igual que casi todos los países taurinos.
Siguiendo estos instrumentos, la Constitución peruana consagra el derecho humano a la cultura en el artículo 2°, incisos 8, 17 y 19. Partiendo de ellos, se puede afirmar que los aficionados participan en las corridas en ejercicio del derecho humano a la cultura. Por tanto, cualquier restricción que se proponga implicará a su disminución o menoscabo.
La Constitución está a la vanguardia en el desarrollo de los derechos culturales, al reconocer el carácter pluriétnico y pluricultural de la Nación. Esta no es una mera declaración, sino la incorporación al derecho interno de los compromisos asumidos en tratados internacionales en materia de derechos culturales.
En adición, la Constitución ha optado por mayores seguridades para que la protección no dependa únicamente de la voluntad de los individuos. A partir del derecho humano a la cultura, la carta política ha previsto la conservación del patrimonio cultural y la protección de las manifestaciones que forman parte de la diversidad cultural del país.
La salvaguarda del artículo 17° de la Constitución es oportuna para la causa taurina, al declarar que el Estado “preserva las diversas manifestaciones culturales y lingüísticas del país”. Indudablemente, las corridas de toros son una manifestación que forma parte de la diversidad cultural, lo que fue ratificado por el Tribunal Constitucional en el 2011. Esta norma impide al Estado adoptar medidas contrarias a la preservación de las manifestaciones culturales.
Impedir el ingreso de menores de edad para truncar el futuro de la fiesta o suprimir la pica, las banderillas y la muerte (que distorsionaría irremediablemente el rito taurino para convertirlo en una farsa) desincentivarían la celebración de las corridas de toros. Ambas medidas vulnerarían el deber de preservación que le corresponde al Estado según el artículo 17° de la Constitución.
Cualquier iniciativa que apele a la defensa de animales jamás podrá imponerse a un derecho humano. Entre ambos hay una brecha jerárquica que nunca podrá ser equiparada. En caso de conflicto, primará el derecho humano y, por si quedara duda, el Estado elena satisfacción por orden del artículo 44° de la Constitución.
La decena de tratados celebrados en las últimas décadas reflejan la importancia de la corriente mundial de lucha por la cultura y su diversidad. Este movimiento se ha consolidado en los últimos 20 años, principalmente por los terrible conflictos étnicos – culturales en los Balcanes y por los embates de la globalización. La UNESCO ha respondido con dos hitos trascendentales: la Declaración Universal sobre Diversidad Cultural y la Convención sobre Protección y Promoción de la Diversidad de las Expresiones Culturales.
Es prioritario que los operadores taurinos, atiendan a la corriente de lucha por la diversidad cultural que nace en los derechos culturales. Se debe exigir respeto a la cultura taurina y al derecho que nos asiste como seres humanos cada vez que pisamos una plaza de toros. Los derechos culturales son el camino al que debemos plegarnos para asegurar la supervivencia de la fiesta.